23 febrero, 2013 | Marcial Flavius, presbyter

24 de febrero de 2013: Evangelio del segundo Domingo de Cuaresma

+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (17, 1-9)

Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.

En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.

Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.»

Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo.» Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.

Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.»

Reflexión

Ante tres testigos elegidos por Él (Pedro-Santiago y Juan), el cuerpo de Cristo se transformó y aparecía radiante de luz y de belleza: “su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz”. Esta luz no estaba sobre Él, sino que se desprendía de Él. No se posaba sobre Jesús como un rayo procedente de lo alto, salía, fluía de Él.

El alma de Cristo, unida al Verbo, gozaba de la visión beatífica de Dios, cuyo efecto connatural es la glorificación del cuerpo. Sin embargo, para llevar a cabo la obra de la redención, impedía que la gloria que invadía su alma redundase en su cuerpo. En la transfiguración permitió que aquella gloria se manifestase en su vida corporal.

Esta revelación de la condición humano-divina de Jesucristo ofrece oportunidad para tratar el tema del valor del alma.

El alma vale más que el mundo

2.1.    «Dos cosas has hecho Señor -exclama S.Agustín-: una, que se acerca a la nada, a saber, la materia; la otra, que se aproxima a ti, a saber, el ángel». Como compendio de las dos creó al hombre dotado de cuerpo y alma, es decir, de un espíritu que vivifica y anima la materia.

2.2.    Desde el punto de vista puramente natural, el alma sola vale más que todo el mundo pero a ello hay que añadir su grandeza sobrenatural cuando el alma es como divinizada mediante la gracia de Dios: partícipes de la divina naturaleza (2Pe 1,4):

a)      Fue rescatada “no con el oro y la plata, que son corruptibles, sino con la sangre preciosa del Cordero inmaculado” (1Pe 1,18-19)

b)      Por salvarlas, Jesucristo se encarnó, vivió, padeció y murió

c)      Por eso dirá: «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su alma» (Mt 16,26)

Dos posturas

Son muchos, muchísimos, los hombres que viven como si no estuvieran persuadidos de la realidad de un mundo espiritual: Materialistas prácticos, preocupados solamente de la vida de los sentidos y del placer… Si teóricamente admiten la existencia de su alma espiritual e inmortal, no saben, sin embargo, valorar su propia grandeza en la vida práctica.

3.1.    El mundo está lleno de locos que no estiman su alma: la venden por algo que no vale de nada; como Esaú que vendió sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas: un placer rápido, unos honores, unas riquezas…

3.2.    Por el contrario, los santos han sido apreciadores exactos del valor y grandeza de su alma. Sólo ellos han sabido dar con la escala exacta de valoración de las cosas: lo primero Dios; después, su propia alma y, por último, todo lo demás.

3.3.    En este tiempo de Cuaresma, Cristo se levanta crucificado y ensangrentado junto a ti. La sangre de Jesús y su cruz te pueden hablar del valor de tu alma.

«Así obraron tantos santos y tantos mártires que lo abandonaron todo por Jesucristo… ¿Cómo se explica, pues, que muchos cristianos se impresionen tan poco ante la pasión de Jesucristo? La razón es que pocos son los que se detienen a considerar cuánto padeció Jesucristo por nuestro amor» (S.Alfonso M.de Ligorio)

Comienza este santo tiempo de Cuaresma con la preocupación seria de esforzarte para poner tu alma en camino seguro de salvación.

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