“Su memoria está por doquier.
En las paredes de las iglesias y de las escuelas,
en las cimas de los campanarios y de los montes,
en las ermitas de los caminos,
a la cabecera de las camas y sobre las tumbas,
millones de cruces recuerdan la muerte del Crucificado.
César ha dado, en sus tiempos, más ruido que Jesús,
y Platón enseñaba más ciencias que Cristo.
Todavía se habla del primero y del segundo;
pero ¿quién se acalora por César o contra César?
Y ¿dónde están hoy los platonistas o los antiplatonistas?
Cristo, por el contrario, está siempre vivo entre nosotros.
Hay todavía quien le ama y quien le odia.
Hay una pasión por la Pasión de Cristo y otra por su destrucción.
Y el encarnizamiento de tantos contra Él dice que no está todavía muerto.
Los mismos que se esfuerzan en negar su existencia y su doctrina
se pasan la vida recordando su nombre”.
Giovanni Papini
Por Juan Carlos Monedero (h)
Lo que ayer fue amenaza, leído hoy consuela sobrenaturalmente a los que observan perplejos cómo los referentes religiosos optan sistemáticamente por la omisión de toda hipótesis de conflicto cuando las cuestiones de la fe y las públicas comienzan a rozarse, tal como está ocurriendo a propósito del debate en torno a los símbolos religiosos en los espacios públicos, concretamente el crucifijo. Tanto la frase de Calles como las palabras de Voltaire –que pronosticó la muerte de la Iglesia– desempolvan en el momento actual viejas verdades, que de tan olvidadas que estaban parecen nuevas.
El odio al crucifijo nos recuerda la guerra al Crucificado.
* * *
El proyecto abreva en el espíritu laicista: la pretensión moderna de separar (no sólo distinguir) lo sobrenatural de la naturaleza, relegando lo primero al ámbito privado y subjetivo, mientras que lo segundo sería el ámbito de las cosas como son, independiente de las “respetables” pero, al fin de cuentas, íntimas y subjetivas creencias. Así definida, la religión –siempre y cuando se guarde de trascender esas fronteras– no sería criticable.
Pero los crucifijos están en zonas públicas. De esta suerte, el laicismo –luego de pretender destronar a Cristo como Rey de las sociedades– busca eliminar los vestigios de un Orden Social que fue cristiano. Si este proceso pasó, entre otros momentos, por la supresión los nombres cristianos tales como María, Bautista, José, Trinidad, Isabel, Magdalena (como lo admitieron anarquistas y comunistas), hoy el movimiento de “desmitificación” de la realidad encuentra nuevos adversarios.
Quienes profesan las ideologías mencionadas se atribuyen una autoridad para “fiscalizar la realidad”, criticando sobre lo criticado y objetando todo aquello que remita a una “realidad problemática”, cuya existencia se permiten dudar o negar. Según ellos, la humanidad habría sido víctima fatal de las alienaciones religiosas, de superestructuras de dominación ancladas en la fe; pero esta esclavizante superstición –por suerte– encontraría su freno gracias a ese quitar la máscara, propio de las directivas laicistas. De ahí que todos los signos que remitan a lo religioso, que religuen con lo Absoluto, sean vistos como una amenaza.
Corrijamos: no sólo son vistos.
Lo son, realmente.
Son una amenaza para los que pretenden silenciar el Nombre del Salvador; son un índice admonitor que señala inequívocamente una culpa; son testimonio de una Ciudad Católica que adoptó la fe no por casualidad sino por convicción. Cada signo, cada palabra, cada nombre cristiano, cada crucifijo, es un rugido de la memoria. Un testigo insobornable.
Podemos comparar este nerviosismo ante los crucifijos con la actitud de quien pretende borrar las huellas de su propio crimen. Así como el asesino suele volver a la escena para eliminar cualquier indicio, pista, señal que pudiese denotar su presencia y acción, los que han eliminado a Dios de la conciencia –o quieren creer haberlo hecho– necesitan ahondar en este deicidio. A tal fin, pretenden borrar todo vestigio, toda huella, toda sugerencia que pudiera mover a cualquiera a pensar en Aquél, más íntimo a nosotros que nosotros mismos.
Nos dimos cuenta de lo que significa el crucifijo cuando lo pretendieron quitar.
* * *
La intransigencia señalada es consecuencia de la percepción de una suprema evidencia: entre el símbolo del Dios que no cambia, por un lado, y la Ciudad Plural, Democrática, Escéptica y Relativista contemporánea, por otro, no puede haber convivencia posible.
Que no nos duela decirlo: tienen razón. Cristo no puede coexistir con la filosofía del cambio por el cambio, propia de la polis contemporánea. He aquí una premisa inicial –y compartida con nuestros adversarios– pero cuya conclusión no debiera llevarnos a retirar el crucifijo, sino a mandar directamente al retrete esa mentalidad relativista y su ordenamiento político.
Debido a esta irreductibilidad en el origen, a esta incompatibilidad inicial y radical, resultan endebles ciertas reacciones ante este proyecto, puesto que siguen discutiendo dentro de un margen signado por la misma mentalidad a la que supuestamente deberían enfrentarse. La Comisión Permanente del Episcopado español emitió una Declaración sobre la exposición de símbolos religiosos cristianos en Europa1, en la cual afirma:
“la presencia de símbolos religiosos cristianos en los ámbitos públicos, en particular la presencia de la cruz, refleja el sentimiento religioso de los cristianos de todas las confesiones…”.
El crucifijo no es –como continúa diciendo la declaración– “expresión de una tradición a la que todos reconocen un gran valor y un gran papel catalizador en el diálogo entre personas de buena voluntad”. Su carácter simbólico excede y trasciende una cuestión sociológica, para enmarcarse en un significado propiamente religioso. Simboliza al Redentor del hombre, que convirtió al madero de tormento en madero de salvación. La Cruz simboliza la oposición inflexible entre Dios y el mundo que lo ha crucificado. Por eso la maldice el judío retratado por José María Pemán2:
“Maldita porque el cruce de tus rayas
es el punto sin forma: pura idea
sin carne, ni materia, ni medida;
centella del espíritu
que se me escurre, como un pez, por entre
mis dedos temblorosos de poder”.
“Yo no he venido a traer la paz, sino la espada”.
Curiosamente, este argumento se esgrime frente a liberales, socialdemócratas y socialistas, los cuales sólo ven en el hombre una pasión inútil, cuando no lo reducen a un bípedo que ingiere hidratos de carbono sin olvidar que también puede ser visto como un puro animal capaz de realizar cálculos racionales o –¿qué lo impide?– el resultado azaroso de una evolución seleccionada sin seleccionador. Entonces, cuando pronunciamos la palabra persona, ¿pensamos en las mismas cosas? ¿Basta la unidad de la palabra para que estemos hablando de la misma realidad? Pero entonces, ¿de qué sirve promover la dignidad de la persona si aquello que se promueve no es lo mismo?
* * *
No, no, no. Aquí los laicistas tienen razón. Interesa quitar el crucifijo no a pesar de lo que significa, sino por todo lo que significa.
No les interesa como expresión anecdótica de una respetable pero perimida cultura cristiana; les interesa en cuanto puede suscitar en el siglo XXI las gestas del XI, cuando los hombres guerreaban por las más altas causas y no –como hoy– por el petróleo en Medio Oriente. Importa el crucifijo en tanto reflejo de la consigna constantina: In hoc signo vinces. La imitación de tales ejemplos, hoy día, sería objeto de nerviosismo. Imaginemos una presencia que proclama objetividad en un mundo signado por el subjetivismo, una convicción férrea en un mundo donde todo se negocia, un lenguaje claro e inequívoco en un espacio donde éste servía únicamente para construir “efectos de verdad”, unido indisolublemente al consenso.
Habría motivos para preocuparse.
Aclarémoslo una vez más: no les interesan los “sentimientos” que subjetiva, parcial y relativamente pueda causar el crucifijo. Importa en tanto vehículo y emisario de realidades, no de interpretaciones. No hace levantar la guardia en virtud de su valor subjetivo, sino a causa de su potencia objetiva. El crucifijo los acosa debido a su carácter testimonial, porque las palabras que el Crucificado pronunció le valieron la muerte tanto a Él como a los millones de mártires que desde hace 2000 años las vienen repitiendo.
A los escépticos, relativistas y democráticos –entonces– les inquieta la presencia de un símbolo que remita a una Verdad inflexible, que ni todas las lucubraciones ideológicas podrán tumbar. Una caridad sobrenatural, llena de ardor, celo y santa cólera –no una solidaridad mundana– es aquello que les quita el sueño. Una caridad que ve en el crucifijo el símbolo de lo inalterable.
Les aterra el testimonio de lo que no muta en un mundo que cambia constantemente. Por eso quieren quitar el crucifijo.
“Maldita tú la Cruz porque tú tienes
la esbeltez de los álamos junto a la paz del río
en el amanecer.Maldita tú porque eres
recta y sin curva como la Verdad”.
¿Por qué es malo algo incluido en un principio que libremente acepto? Si la consecuencia no deseada está ligada al principio, ¿por qué no niego el principio? Pero si consiento el principio laicista, ¿por qué es mala la conclusión que se deriva lógicamente de él?
* * *
Tal tipo de hombre es víctima de los criterios modernos, según los cuales el objeto de conocimiento no importa tanto como su certeza. Por eso exige que todo dato –antes de ser admitido– pase por su aduana fiscalizadora criticista. Anhela que toda verdad se prosterne ante su ambición de juzgarlo todo. Demanda que las cosas sean deglutidas por esa razón golosa que, víctima de la sofística, reclama que absolutamente todo sea probado antes de ser aceptado.
“Por una demencia inconcebible y por una aberración inexplicable, el hombre, hechura de Dios, cita ante su tribunal al mismo Dios, que le da el tribunal en que se asienta, la razón con que le ha de juzgar y hasta la voz con que le llama”.
“Y las blasfemias llaman a otras blasfemias, como el abismo a otro abismo; la blasfemia que le emplaza va a parar a la blasfemia que le condena o a la blasfemia que le absuelve. Absuélvale o condénele, el hombre que en vez de adorarle le juzga, es blasfemo”3.
Pero quitado lo sobrenatural –al decir de Chesterton– la naturaleza misma queda también herida, tambaleante. Por eso vemos que los hijos de aquellos que empezaron negando la Revelación en pro de “la racionalidad”, hoy descienden vertiginosamente hacia tesis cada vez más irracionales. Por eso deifican ese derecho egoísta, infértil, estéril y narcisista a la duda y a la crítica de todo.
Hay en ellos como una oscura e irracional fe en la nada. Encontrarían la salud si aceptaran, humildemente, que ni todo puede ser probado, ni hay necesidad de ello: “es imposible comprobarlo todo”, dice Aristóteles desde las páginas de la Metafísica, puesto que para ello sería necesario caminar hacia el infinito. Aquella pretensión es fruto del orgullo. Que “hay” una verdad es evidente: negándola, la afirmamos. Pero esta afirmación no debe ser juzgada, sino que debe convertirse en la base, el cimiento, para poder juzgar:
La inteligencia, como presencia de la verdad en la mente, está siempre en la verdad; mi mente y toda mente humana, en este sentido, es como una libre prisionera de la verdad. Aunque quisiera deshacerse de ella, llevada por un odio a la verdad, no podría hacerlo: la verdad habita en nosotros y al hacerlo está en su propia casa”4.
“Es evidente que no hay juicio con el que pueda destruirse la verdad: ¡aún queriéndolo, no podría destruirse la verdad del juicio con el que se pretendiera destruirla! No puedo destruir mi mente (no puedo anular en mí al hombre profundo), aún cuando puedo destruir mi razón: no destruyen el profundo espíritu ni la locura, ni la demencia, ni la violencia desatada de las pasiones, aún cuando sacudan o anonaden mi razón. Mi yo profundo, perenne, inmortal –como la verdad, perenne, eterna– no es el yo racional propiamente dicho, sino el yo inteligente, que está más allá de la razón y por lo mismo más allá de la ciencia, de la locura y de la muerte”5.
“el hombre vive siempre sujeto a la fe… cuando parece que deja la fe por su propia razón, no hace más sino dejar la fe de lo que es divinamente misterioso por la fe de lo que es misteriosamente absurdo”6.
“en la acción de destruir la idea de la autoridad divina, hemos destruido sobradamente la idea de esa autoridad humana… Con un rudo y sostenido tiroteo, hemos querido quitar la mitra al hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza”7.
* * *
En un mundo que se ha enfriado para todo, el repentino e imprevisto rechazo hacia el símbolo de la Cruz señala una tremenda potencia que anida en el corazón del hombre, por más anestesiada de bienestar que se la suponga: el odio. Y ese odio es un timbre de alerta para los que reconocemos en el crucifijo la salvación del mundo. El odio a Cristo nos recuerda la guerra contra Cristo. Y la guerra contra Él nos recuerda la guerra por Él. Si la civilización actual se encuentra bajo los signos de la posesión demoníaca, mal puede expulsarse al Adversario que ha tomado posesión de ella en nombre de tradiciones históricas y culturales, mayorías accidentales, tratados internacionales u otros débiles argumentos. Sólo en Nombre de Dios es posible ejecutar el exorcismo.
1 http://www.conferenciaepiscopal.es/actividades/2010/junio_24.html
2 La maldición de la cruz, en Poesía. Antología (1917 a 1941), Escelicer, Buenos Aires, 1941, págs. 189-191.
3 Donoso Cortés, Ensayo sobre Catolicismo, liberalismo y socialismo, en su Obras escogidas, Poblet, Buenos Aires, 1943, págs. 574-575.
4 Sciacca, Federico Michele. La existencia de Dios, Richardet, Tucumán, 1955, pág. 65.
5 Ídem, pág. 66.
6 Donoso Cortés, Ensayo sobre… ídem, pág. 817.
7 Chesterton, Ortodoxia, Excelsa, Buenos Aires, 1943, pág. 55.
Antonio Sánchez
15 julio, 2012 a las 21:19
Se suele decir que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Yo añadiría que debe de haber también una gran cantidad de losas de respeto humano.
AMDG
17 julio, 2012 a las 21:27
Excelente artículo.
> Hay una pasión por la Pasión de Cristo y otra por su destrucción.
Esto me resume los últimos 2000 años de historia y explica los que quedan de ella…
Respecto de lo de Peman: hoy, en nuestra muy libre y democrática sociedad, sería el final de su carrera literaria.
Dices “empezaron negando la Revelación en pro de “la racionalidad”, hoy descienden vertiginosamente hacia tesis cada vez más irracionales.” Sustituye Revelación por Logos y verás que tenía que suceder por la propia necesidad interna del proceso.
Juan Carlos Monedero
17 julio, 2012 a las 21:56
Estimado AMDG, Usted tiene toda la razón. Eso “tenía que” pasar, por la propia lógica interna. Exactamente. No fue algo que pasó “de hecho”, pero pudo haber ocurrido distinto.
Lo saludo en Cristo y en María.
Christopher Fleming
27 julio, 2012 a las 10:21
AMDG, excelente artículo, con un auténtico sentimiento católico, el amor por la Cruz. No sé si conoces ese libro maravilloso de San Luis María Grignon de Monfort, “Los Amigos de la Cruz”. Lo recomiendo a todos los lectores de Tradición Digital. ¡Es una joya!