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28 junio, 2012

29 de junio de 2012: Fiesta de San Pedro y San Pablo

Del Martirologio romano

EL TRANSITO DE LOS APOSTÓLES SAN PEDRO Y SAN PARLO, en Roma, los cuales en un mismo año y en un mismo dia padecieron el martirio siendo emperador Neron: San Pedro fué crucificado cabeza abajo en la misma ciudad, y lo enterraron en el Vaticano, junto a la via Triunfal, en donde le venera todo el mundo: San Pablo fué degollado y sepultado en la via Ostiense, donde es igualmente venerado.

+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (16, 13-19)

Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?”. Ellos le dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas”. Él les dijo: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Simón tomó la palabra y dijo: “Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo”.

Jesús le respondió: “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

Meditación

Punto Primero- Considera en toda la conducta de S. Pedro el verdadero retrato de una alma verdaderamente fervorosa que ama sólidamente á Jesucristo; su ansia por ver al Salvador luego que tuvo noticia por S. Andrés de su venida: apenas le encontró , ¡con qué anhelo, con qué fervor, con qué docilidad concurría a oírle! Dícele Cristo que le siga, y nada le detiene; ni sus parientes, ni sus amigos, ni su misma mujer; todo lo sacrifica por seguir á su Maestro; dedicado una vez á su servicio, jamás le abandonó. ¿Buscamos nosotros á Cristo con igual ardor? ¿seguímosle con tan fiel, con tan pronta generosidad? No tenemos mucho camino que andar para encontrar á Jesucristo. Oímos su voz en la de nuestros directores y superiores: escuchámosla en las lecciones del Evangelio; ¿pero qué fruto sacamos de todo esto? Acaso ha mucho tiempo que nos está llamando, y no pregunto ya qué hemos dejado; pregunto si nos hemos dignado de darle oídos siquiera. ¡Oh, y con cuantos lazos nos tiene presos el mundo! En vano nos despacha Dios sus siervos para que nos conviden al festín.¿Cuantas frívolas excusas, cuantos vanos pretextos, cuantas miserables razones alegamos para negarnos á sus favores, á sus grandes beneficios? ¡Y nos admiraremos después de que el infierno esté lleno de cristianos! ¡de que sea tan corto el número de los escogidos! ¡y de que se cuenten tan pocos fieles verdaderos! Si se considera con atención la conducta de la mayor parte de los que viven en el mundo, hallaremos dificultad en comprender el misterio de la predestinación. Cotejemos nuestras máximas acerca de la religión y de las costumbres con los grandes modelos que tenemos á la vista, y nos admiraremos menos de que sea tan corto el número de los escogidos.

Pon los ojos en la inseparable adhesión que profesó S. Pedro a Jesucristo: no le inmutó el mal ejemplo de tantos desertores y de tantos falsos hermanos. Aunque todos los demás discípulos hubiesen abandonado al Salvador, Pedro estaba bien resuelto a no abandonarle jamás. ¿A dónde iremos (le dijo con fervorosa intrepidez), pues solo vos tenéis palabras de vida eterna? Pronostícale Cristo su caída, y apenas acierta á creerla: tanto era el amor que de presente le tenía. ¡Dios mío, qué pocos siervos tiene Jesucristo el día de hoy que le sean verdaderamente fieles! ¡A cuantos, aun de los mismos que hacen profesión de seguirle, les parece demasiadamente dura su doctrina! La mayor parte de los mundanos viven tan prendados y tan contentos en el servicio del mundo, que no hay que esperar se resuelvan á seguir á Cristo. ¡Y qué deberé yo pensar de mí mismo!

Punto Segundo.- Considera el fervor con que S. Pedro amaba a Jesucristo; cuanta era su fe, su caridad y su esperanza. No bien pregunta el Salvador á sus discípulos: ¿Y vosotros quién decís que soy? cuando responde Pedro por todos con admirable viveza: Tú, eres Cristo, Hijo de Dios meo. El ardiente y tierno amor que profesaba á su Maestro se hacía visible en toda su conducta. Habla el Señor de su pasión; trata de su cruz; y no solo se sobresalta amorosamente Pedro, sino que protesta con resolución, que aunque toda su nación se emplease en maltratarle, él solo se sentía con bastantes fuerzas para librarle de sus manos.

Observa bien todo lo que dice: respira amor todo cuanto hace y todo cuanto habla. ¡Qué confusión la suya cuando vio á Jesucristo arrodillado á sus pies! ¡qué resistencia para que no se los lavase! Pero amenázale el Señor con su desgracia. ¡Santo Dios, y qué prontamente acreditó con su rendimiento y con su respuesta cuanto era el amor que profesaba á su divino Maestro! Recorre, en fin, todas las acciones, lodos los pasos, todas las épocas de su admirable vida, y no hallarás en todas ellas sino continuas y encendidas pruebas de este abrasado amor. Y si recorremos las nuestras, ¿qué hallaremos, qué testimonios hemos dado de nuestra fe, qué pruebas de nuestra caridad y de nuestro celo? ¡Dios mío! ¿sabemos por ventura que sois vos a quien servimos? Y si creemos que servimos no menos que a todo un Dios, ¿podremos estar tranquilos á vista de nuestra tibieza y de nuestra infidelidad? ¿interésannos mucho los intereses de Dios? ¿cuánta es nuestra prontitud en obedecerle? ¿cuánto el celo por su gloria?

Tres veces pregunta Cristo á Pedro si le ama. Con qué viveza, con qué ardor, con qué confianza responde prontamente: Sí, Señor; vos sabéis bien que os amo. Si nos hiciera hoy esta misma pregunta á nosotros, ¿tendríamos valor para responderle: Sí, Señor; vos, á quien nada se le oculta; vos que penetráis lo mas intimo de los corazones, vos sabéis bien que os amo? ¿Darían testimonio de esta verdad mis máximas , mis operaciones y toda mi conducta? ¡Ah! que con mas verdad y con mayor razón podría responder: Vos sabéis que amo al mundo, que amo sus deleites , que amo sus bienes, que me amo á mí mismo, y que no sé amar otra cosa.

Hacedme, Señor, penetrar bien las funestas consecuencias de una verdad que inútilmente me disimulo, y vanamente me escondo; pero acompañad a esta viva luz de una gracia eficaz que me convierta, haciéndome vivir en adelante de manera que pueda decir en la hora de mi muerte: Bien sabéis, Señor, que os he amado con todo mi corazón.

Propósitos

1 Hablando en rigor nuestra vida es una perpetua contradicción entre nuestra fe y nuestras costumbres, entre nuestras obras y nuestras palabras: cristianos en la iglesia, infieles en todas las demás partes. Por lo menos en toda nuestra conducta se representa una comedia continuada. A nuestros inferiores, y en ciertas ocasiones hablamos como unos apóstoles de Cristo; pero en particular y reservadamente vivimos como si totalmente ignoráramos las máximas del Evangelio; semejantes á aquellos falsos israelitas, en Jerusalén los mas celosos observantes de la ley, en Samaría los mas impíos secuaces de la superstición: por la mañana al templo, por la tarde al teatro; unas veces devotos, otras mundanos; en unas horas recogidos, en otras disipados; pero en todas enemigos de las máximas del Evangelio. Pásase la vida en representar una ridícula comedia, hasta que llegando la muerte en la última jornada, deja burlados á los actores, cubiertos de confusión, pasados de dolor, y llenos de un inútil arrepentimiento. Preocupa esta desgracia, abriendo los ojos desde luego para reconocer tu perdición: mira que tu conducta es un tejido de lastimosas contradicciones: haces profesión de seguir á Cristo, y en nada menos piensas que en obedecer sus preceptos. Seas secular, seas eclesiástico, seas religioso, no desmientas tu religión y tu fe con tus costumbres. No es buena prueba de ésta la indevoción y el poco respeto con que te presentas en la iglesia. Tu resistencia á las órdenes de Dios declara bien el espíritu de rebelión que te domina. Deja desde este mismo punto esa ridícula comedia que representas: reforma seriamente tus costumbres, y guárdate bien de contentarte con leer materialmente estas verdades.

2 En cualquier estado que profeses tienes obligación de hacer oficio de apóstol. La caridad cristiana nos impone a todos una estrecha ley de tener muy dentro del corazón la salvación de nuestros hermanos: nada debes omitir para solicitarla. No se trabaja en la conversión de los fieles únicamente con los sermones: otros medios hay por ventura más eficaces para promoverla. Una reflexión cristiana hecha a tiempo, una advertencia, un consejo dado con discreción y con caridad, un buen ejemplo, una limosna; todo esto puede ser fruto de un celo apostólico. No hay padre ni madre de familias que no pueda hacer mucho bien dentro de la suya: no hay genio tan malo que no se corrija; no hay propensión tan viciosa que no se sujete; no hay inclinación tan torcida que no se enderece con la aplicación, con las instrucciones, con el celo, con la blandura y con la constancia. ¡Cuanto bien puede hacer en una comunidad un superior, si le anima un celo puro, discreto, prudente y acompañado siempre de un porte ejemplar! ¡qué inmensos bienes harán en la corte y en sus estados los monarcas y los príncipes, cuando amantes de la religión hacen que florezca en ellos la rectitud y la justicia! Pon en práctica estas reflexiones.

J. Croisset, SI, Año Cristiano, 29 de junio.

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